La Lá termina con los mitos

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La Lá es el nombre artístico de Giovanna Nuñez. Lleva una carrera profesional desde hace 7 años. Durante ese tiempo, ha grabado dos discos y hace pocas semanas presentó su nueva y tercera entrega discográfica Mito. A diferencia de sus discos anteriores, esta cantautora peruana incluye canciones adheridas a ritmos tropicales y folk alternativo.

La Lá, nominada al Grammy Latino, dijo en un comunicado, “quiero cantar en este disco que sí podemos cambiar el mundo, la fuerza para hacerlo somos nosotros mismos, porque somos amor”. Sí, así de decidida como también de idealista propone esta producción. 

Oficialmente el disco, “surge como una respuesta ante la agobiante realidad latinoamericana y mundial, el cambio climático y la actualidad política que nos condiciona a tener una respuesta que nunca juega a nuestro favor”. 

Uno pensaría de inmediato que su respuesta es de enojo, de ira, de ataque, pero no, esta chica más bien es conciliadora, se indigna, se cuestiona, pero no arremete con insultos ni tampoco se va por indirectas. 

Por ejemplo, en Morir soñando, a ritmo brasileño y afrocubano, dice: “Quien quiera cazar su ruiseñor/ se hará amigo del bagre, de la hiena y el chacal/ Quien quiera querer con ilusión/ Rodará sus escaleras del amor y la belleza y de sí mismo”. 

En realidad, son múltiples sentimientos los que se detectan. Hay un canto tierno y amoroso, a ritmo de bachata, en Milagros: “Era una noche que se hizo día/ Y en el horizonte saltan las ballenas de bienvenida/ Con risas y flores/ Y en la actividad de este mundo frío/ Te extraño, mi vida/ Sin embargo, tú, es el paraíso/ donde te has ido”.

Sí hay que decir que el ánimo le brota a la cantautora peruana desde el inicio con Amistad, con toque alegre, tropical, y donde le escuchamos decir “No hay más remedio para la humanidad/ que amar a quien amor le falta”.  

Ese ánimo positivo, alegre y vital se mantiene, La Lá tiene ese deseo de vivir y de creer, pero también de conectar y de necesitar, como en este tema de espíritu ecológico, Amada: “Contigo me quedo/ Ahora y para siempre/ Aferrada a tu luz y a tu hora/ de eternidad de tierra. Se va el dolor, se queda el color/ Se va la batalla, se queda el color/ Se va la gloria, se queda el color/ Amada Tierra”. Todo a ritmo brasileño en tiempo medio. 

La Lá canta sensaciones que son comunes a una inmensa mayoría de los mortales, como sucede en la dulce, tropical y entrañable Abuela: “Entre tanto te recuerdo/ me esfuerzo y aprendo en tu persona/ porque tu amor en mi es medicina/ Y cosquillas en el pelo, en la ropa y en los dientes/ Para llegar al Dios que alimenta/ Te recuerdo en un tiempo que vuela/ Y aún te sueño conmigo abuela”. 

Por último, La despedida, es un adiós agridulce en clave indie rock. “¿Quién llorará primero? ¿Quién arrasará mis ilusiones?/ Te odio y te quiero/ ¿Quién va a poder conmigo? ¿Quién va a poder?”. 

En lo musical, todas y cada una de las canciones están perfectamente capacitadas para llegar a la mente y tocar el corazón del gran público. De hecho, los arreglos son sencillos, y muy al servicio de cada canción, sin estridencias, sin buscar vanguardias, poseen esa bella simplicidad de las grandes canciones populares.

Además hay que decir que consigue matizar con su voz, una voz cálida, flexible y colorista, que igual está atenta al brío, al color, a la emoción. Todo con un fraseo expresivo.  

El nombre de Mito, según explicó la peruana al periódico La República, es, “porque me puse a pensar que las personas tendemos a mirar a las culturas ancestrales como fantasiosas, ingenuas, al creer que sus realidades tenían un origen inamovible, que su cosmovisión estaba atada a fundamentos incuestionables (…). Los mitos (…) nos afectan a todos y en todas las épocas y estamos acostumbrados a no cuestionar lo que tenemos por real o por cotidiano y, sin embargo, sí es cuestionable y sí es movible también.

Es una realidad que puede cambiar desde el ser humano”.

Hoy mismo, esta cantautora peruana nos hace reflexionar que los cantautores en clave folk son movibles, son buscadores, son cadenciosos, sin dejar de ser reflexivos ni perder su sello propio.

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